Caricaturas,
por Fabián Banga
A nuestro querido Copérnico
Uno abre cualquier diario del mundo y
por seguro que encontrará algún cuadro o espacio dedicado
exclusivamente a las caricaturas, los "comics" como se les
llama en ingles. Ya sea el trabajo de Bretécher, Quino o Schultz,
todos ellos ocupan un lugar que trae elementos del humor, la crítica
(en muchos casos) y la vida cotidiana. Este es un mundo de lectores
adultos, pero al mismo tiempo con características y cualidades
de niños. Por ejemplo Mafalda, un personaje verosímil
por el contexto en el que vive, al mismo tiempo graciosa por los arranques
y ocurrencias. Son espacios que existen entre muchos otros espacios,
el juego y la ocurrencia se presenta en un contexto en muchos casos
trágico y triste.
Para ejemplificar, mi mujer tiene al
lado de su escritorio un trabajo de la francesa Claire Bretécher
en el que hay una escritora que está intentando ponerse a trabajar
y parece no poder comenzar su trabajo por nada. La distracción
la acosa primero yendo por un té, luego lavando los platos, luego
limpiando la casa. Todas estas distracciones no la dejan trabajar y
al final, en el último cuadro vemos a la escritora en la misma
posición que en el primer cuadro, sin haber podido escribir nada.
Es una escena trágica. El no poder escribir significa el no poder
crear, el no poder ganar dinero, la impotencia del escritor que no puede
concretar su obra. Pero de alguna forma nos da risa, nos sentimos identificados
y en esa identificación de alguna manera no estamos solos. Hay
en este humor lo trágico de nuestras propias vidas, nuestras
limitaciones, nuestra humanidad frágil que más allá
de las apariencias y caretas de todos los días existe en nuestras
limitaciones corporales y en nuestra propia mortalidad.
Como las tan conocidas imágenes
de Mafalda en donde nuestra niña porteña nos muestra un
país caótico, lleno de problemas, un mundo deshumanizado
en muchos casos que los mismos personajes tratando de contradecir esta
realidad con su misma existencia. Nos muestra la misma Argentina que
vivimos todos los días, pero al mismo tiempo es otra Argentina.
Uno se pregunta ¿cuál es más real?, sabemos que la del
contexto del humor es más digerible. Nos permitimos verla frente
a frente, despojada del armatoste institucional, lejos del texto frío
del estado y la realidad tal cual nos la muestra la imagen televisiva.
Hay algo de niño en el cómics, hay algo más humano.
Hay una complicidad entre el dibujante y el lector, un cierto guiño
de travesura y de crítica. La fusión entre la actitud
de la protesta política y el eco del compañerismo colegial
de antaño, son paralelos en donde el juego y la travesura se
unen para protestar contra un mismo foco de poder: la institución.
Hoy en día la oposición es con la institución gubernamental,
en nuestro pasado de niños/as era la institución escolar.
Esta humanidad del personaje, camuflada
por la distorsión de la caricatura se nos presenta más
real, más frágil y cotidiana. Sus cualidades inmediatas
la hace más nuestra y nos permite quitarnos la careta de lo solemne,
vernos a nosotros mismos identificados en la pena y las limitaciones
del personaje. Por ejemplo el querido Charley Brown, el amigo de Snoopy
en "Peanuts", que su gran sueño de toda su vida fue el de hacer
un "home run". Simplemente eso, que se traduciría en
hacer un gol en un partido, no más sea uno. Pero hasta en su
ultima aparición no llega a concretar su sueño. En el
irse de Charley caminando desilusionado por no haber podido concretar
su sueño, hay una grandeza y una humanidad que nos es difícil
ver en el mundo de la imagen comercial contemporánea, en donde
el éxito personal se concreta en la compra de un auto nuevo,
con un corte de pelo a la moda, o teniendo la figura y el peso de una
niña de 14 años. El cómics nos trae nuevamente
a nuestra corporalidad y nuestra limitación. Pero ya no una limitación
del simple cuerpo físico, sino también a la limitación
del cuerpo espiritual, las frustraciones propias de la vida cotidiana.
Cuando el hermanito de Mafalda se para frente a un helado o un juguete
nuevo y no puede tenerlo, no es simplemente el dibujo deseándolo,
es la identificación de nuestras propias limitaciones a flor
de piel representada de una forma extrovertida en nuestra infancia,
y también presente en nuestra vida adulta pero reprimida por
la realidad social.
En medio de estos ideales sociales recreados
en una gran mezcla deshumanizada y carente de contacto con nuestro propio
Yo (y no en un sentido psicoanalítico, sino en términos
del individuo que somos en el mundo social), el cómics nos lleva
a otro momento, al momento primero en la existencia, el de nuestra absoluta
fragilidad y dependencia. Nos muestra a nosotros mismo comiendo una
fruta sentados en la puerta de nuestra casa cuando teníamos 5
años, nos muestra frágiles y profundamente reales en el
contexto de nuestra propia mortalidad. Nos quita la careta y nos acerca
al espacio del sentir algo en primera persona. Y uno se pregunta en
tales casos, ¿qué es más real: la distorsión realista
del personaje caricaturizado, o la realidad exacta de la imagen televisiva?