Más
allá del espacio y la historia
por
Fabián Banga (11-03-03)
Michael
Hardt y Antonio Negri, en su tan popular libro Empire, introducen una idea importante a la hora de entender la nueva realidad
mundial. "Ni los Estados Unidos, ni ninguna nación-estado hoy en día,
puede constituirse como centro de un proyecto imperial"(*) (traducción
personal) A este enunciado es importante prestarle atención, ya que
nos aleja de la simple comparación de los Estados Unidos con imperios
anteriores. Para Hardt y Negri, el uso de la palabra "imperio", en
su libro, no puede ni siquiera ser utilizada como una metáfora, ya
que extraviadamente nos conduciría a ser utilizada en comparación
con imperios como el español, inglés o portugués. Para estos dos escritores,
la palabra imperio, en el contexto que es usada en su libro, funciona
como concepto y no como referencia. Por ejemplo, para ellos la hegemonía
del nuevo concepto de imperio no tiene limites. Éste es visualizado
como una totalidad, no puede ser encasillado en limites territoriales
y temporales. Es decir, suspende las barreras temporales de la historia
y se plasma en un horizonte eterno. Tal concepto no puede ser encasillado
en una nación solamente. Sí puede poner a ciertas naciones o regiones
en estado de privilegio; pero el concepto del siglo XIX que proponía
al imperio ingles como la totalización de una cultura y una nación
por sobre otras, no puede ser aplicado a este nuevo fenómeno mundial.
Es
importante prestar atención a estas nuevas ideas que conjeturan el
nuevo orden mundial porque nos ayudan a entender las falencias y peligros
de proyectos hegemónicos actuales. Por ejemplo, esto nos lleva a entender
el evidente desastre que está sufriendo la administración de Bush
al querer imponerse militarmente sobre el territorio Iraquí. Bush
está aplicando una doctrina imperial del siglo XIX a un espacio moderno
que no reconoce de tales reglas. Las imposiciones militares no tienen
resultados hoy en día por muchas razones. Cuando en el siglo XIX una
nación imperial decidía invadir un territorio, contaba por un lado
con el aislamiento de tecnología y recursos propios del desconectado
siglo XIX. Por otro lado, hoy en día si bien uno puede encontrar ciertas
comodidades y recursos tecnológicos evidentes en algunas regiones
del planeta, estas regiones no tienen una exclusividad que relacione
esta región con una nación en particular. En otras palabras, uno puede
encontrar focos de pobreza, desempleo, marginación cultural, falta
de esperanza en Tucumán, como así también en regiones como Oklahoma
en Estados Unidos o Sao Pablo en Brasil. Por otro lado, los centros
privilegiados que tienen acceso a los beneficios de la nueva globalización
y esplendor tecnológico, pueden estar tanto en regiones pudientes
de Sao Pablo, Oklahoma City o Tucumán. Un teléfono o disco satelital
funciona tan bien hoy en San Francisco como en Calcuta. Y con esa
conexión al network mundial, se genera la unión al centro de poder.
Desde estas perspectivas hay que analizar el problema mundial moderno,
y no desde ideologías que fueron muy útiles en un momento, y no tanto
hoy en día.
El
problema que existe actualmente en la Argentina es que estos mecanismos
de poder, en mi opinión, funcionan actualizados al minuto. Pero no
queda tan claro si es que los mecanismos de resistencia están a la
misma altura de las circunstancias. Luego del colapso de la economía
nacional, muchos pensaron que desde tal circunstancia se podría genera
algo nuevo, una nueva forma de resistencia, y una nueva forma de organización.
No queda aún muy claro si tal realidad es posible. La administración
de Kirchner produce en algunos aspectos muchas esperanzas. Pero la
contrariedad es que estas soluciones, son soluciones a problemas de
una época anterior; tal es el ejemplo de la corrupción. Más aún, la
solución está generada desde un espacio institucional, y no desde
una democracia inmediata. El monopolio del poder desde el gobierno,
es decir la acumulación de poder político, puede llegar a ser muy
productivo si la gente coordina con los objetivos del gobierno, pero
no es una solución a largo plazo. Este es el verdadero riesgo que
corre el país. Más aún no se están generando las posibilidades para
que esto cambie. Si bien existen algunos escasos espacios independientes
en el ámbito nacional, las provincias aún cuentan con cacicazgos partidistas
típicos del siglo XIX, que controlan grandes aspectos de la sociedad
y cultura local. Muchos diarios locales no dudan en prescindir artículos
u opiniones que contradigan los ideales de los directores de tales
espacios.
La
acumulación de poder no solamente desde la política sino desde los
medios de comunicación, es algo que no es exclusivo de la Argentina.
Por ejemplo en Estados Unidos, la cadena Fox es evidente que responde
a fuerzas conservadoras. De ahí que corriera el rumor que el ex-candidato
Al Gore estaba intentando comprar un canal de cable para contrarrestar
este tipo de fuerza republicana, que para muchos, le costó las elecciones.
Estas
nuevas reglas y dinamicas ya no son temas nacionales, sino realidades
que se globalizan inevitablemente gracias a las características de
este mundo interconectado. La efectividad del control de la imagen
y opinión en los medios de comunicación, tiene una repercusión en
el escenario político moderno al que no se le está prestando la debida
atención. Dentro de este marco, existen fenómenos alentadores y desesperante.
Algunos de ellos, incluyen los dos atributos en el mismo fenómeno.
Un ejemplo de esto es el panorama político en California. La última
elección que consagró al "terminator" como
gobernador tiene sus aspectos nefastos y también alentadores. Por
un lado, muestra lo desesperante de elegir a una persona incapaz de
dirigir a la quinta economía del mundo, sustentando a la elección
el poderío y control de los medios de comunicación a los cuales Schwarzenegger tuvo holgado accesos. Por otro lado, muestra que la gente no puede
ser gobernada por los partidos políticos. Esta última realidad aún
hoy en día pareciera que en la Argentina es una materia pendiente.
(*)
Hardt, Michael y Antonio Negri, Empire,
Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press,
2001, p. xiii-xiv