"El infierno son los otros"
por Fabián Banga (03-12-04)
El infierno son los otros, decía
Sartre. Infierno de miedo primario pero sobre todo, miedo a lo que
no se entiende. Hay otros tipos de miedos y dolores: como la muerte
de inocentes, la desolación, el terrorismo de estado, la
guerra fratricida. Pero el infierno de Sartre es otro tipo de miedo.
Éste, nos animaremos a afirmar, existe en un borde entre
espacios irreconciliables; no por la propia naturaleza de las partes,
sino por la contextualización del otro dentro del espacio
de lo no-nuestro. Este miedo primario a la otredad, implica desde
un primer momento un desconocimiento por las partes. Hay que recordar
que desconocimiento y miedo son elementos que viajan juntos. El
desconocer no significa no tener información sobre el otro,
sino no poder agruparlo o clasificarlo dentro de nuestro propio
discurso o universo lingüístico. España, hoy
tan tristemente golpeada por la mano de la crueldad, sabe de estos
temas mucho, por su historia, por su unidad pluralizada y por haber
sido espacio de constante cambio e invasiones de "otros"
a través de los siglos. Ya que la España moderna,
la de los negocios multinacionales y protagonismo cosmopolita, no
niega que sea también territorio milenario de culturas, creencias
y guerras antiguas que están mucho más vivías
en la comunidad mundial, de lo que más de un dirigente remotamente
entiende. La guerra de religiones, que quizás es la aberración
más triste que el género humano ha inventado, tiene
a España como protagonista desde mucho antes que Texas o
Nueva York fueran ni siquiera proyectos. España es tierra
de conquistas y reconquistas. Es tierra de bordes. Esto se ejemplifica
con la llegada de los visigodos a España en el año
415, la entrada de los musulmanes en la península en el 711
y el final de la reconquista cristiana con la toma de Granada por
los reyes católicos Isabel y Fernando el 2 de enero de 1492.
Sobre todo esta última fecha es significativa puesto que
dialoga con los acontecimientos bélicos y terroristas que
estamos viviendo hoy en día en muchas partes del mundo. Las
pérdidas de Granada y Córdoba tienen que haber generado
un profundo dolor y humillación para el pueblo musulmán
porque es bien sabido y explicado por los expertos en el tema que
estas ciudades eran en su momento, sin lugar a duda, uno de los
espacios urbanos más importantes de todo el imperio musulmán
y Europa. Lo que tampoco queda duda es que esta lucha y humillación
mutua continúa en el presente, por lo menos, en la conciencia
del mundo musulmán. Frases que se encuentran en comunicados
terroristas en las que se hace referencia a Córdoba o "Esto
es una manera de ajustar viejas cuantas con España, cruzado
y aliado de América en su guerra con el Islam" (Extracto
de la Carta supuestamente enviada por Al Queda, El País,
11-03-04) recuerdan viejas heridas que lamentablemente no han curado.
La lucha entre musulmanes y cristianos tiene un pasado de horrendas
perdidas y deshumanizaciones sufridas por las dos partes. Hoy en
día en que la tecnología continuamente en estado de
ferviente progreso preside nuestra forma de vida de una forma sorprendente,
luchas milenarias entre credos y dioses están tan presentes
como en plena época medieval. El grito de "¡por Mahoma!"
o "¡por Santiago" no ha cesado ni da la impresión
de silenciarse en un futuro cercano. En relación con este
dilema hay dos posibilidades y las dos son igualmente alarmantes:
que los gobernantes no entiendan este tipo de problema o que lo
entiendan perfectamente bien. La lucha y tensión que vemos
hoy en día en todo el mundo a manos del terrorismo internacional,
es una lucha mucho más antigua de la que imaginamos y tiene
sus orígenes en momentos históricos como la entrada
de los musulmanes a España, las cruzadas y la caída
de Constantinopla. El desmantelamiento de estos arquetipos e imaginarios
de la figura del otro, requerirá paciencia, años y
años de recursos y liderazgo político mediador. Pero
con la permanencia de las políticas nacionalistas de derecha
en la mayoría de las grandes potencias el horizonte se presenta
oscuro. Mientras tanto, hoy España llora a sus muertos como
lo ha hecho tantas y penosas veces. Y nosotros lloramos con ella.