[ home ] > articulos

Espacios Intermedios
Por Fabián Banga

La violencia y la estética de la violencia, es algo que nos acompaña a los argentinos desde los albores de la patria. El Matadero, libro considerado fundacional de la literatura Argentina, arranca con una violación y con un degollamiento de un niño, dos imágenes aberrantes que construyen por un lado un viaje al ahora y al presente por lo físico del acto; por otro lado, nos desborda por su intensidad y nos mueve a un espacio fantástico. Una construcción de la patria desde lo literario que muestra una etapa profundamente violenta en los orígenes de la nación. Imagen que se acentúa con otros ejemplos como Facundo o Martín Fierro. Pero al mismo tiempo, calificar a nuestro pueblo de netamente violento sería una afirmación imprecisa, ya que en relación con otras culturas, los argentinos pueden aparecer como una cultura medianamente pacífica. Ausente de grandes guerras como las que tuvieron que enfrentar países como Alemania, Japón o Estados Unidos, la Argentina disfruta de grandes períodos de paz. Hay excepciones, por supuesto, como podría ser la guerra de las Malvinas, o los tiempos de la guerra sucia. Es decir, somos pacíficos y neutrales y al mismo tiempo no lo somos. Nada es totalmente blanco o negro, todo se construye desde un espacio intermedio.

Esta idea de blanco y negro al mismo tiempo, es lo que proyecta nuestro país al visitante que llega a la Argentina. Su nuevo aeropuerto y su garaje de varios niveles repletos de nuevos autos, es una visión que no todos los países del mundo pueden ofrecer. Al mismo tiempo, una Avenida del Trabajo cortada en plena noche frente a Ciudad Oculta, con un colectivo 103 tratando de retomar su recorrido después de desviarse algunas cuadras, es también una imagen particular; una imagen que acompaña el cóctel de la Argentina tan nuestra de hoy en día. La Argentina más allá de lo creíble, la Argentina que nos regala e-mails de amigos que recitan: "flaco, creo que el país o como se llame explota en cualquier momento, pero aquí estamos: contentos porque es el estado natural aunque en este lugar la gente sufre porque ve que las cosas en las que ha apostado sus vidas se desmoronan y hay una injusticia tremenda."

El aprender a vivir en semejantes contradicciones, es parte del aprender a vivir en las nuevas economías, el aprender a ver linyeras contrastando con el Golden Gate o muriéndose de frío en New York, es aprender que todo París no es para todo París, es aprender a ver que quizás el primer mundo que pedimos no está muy lejos de lo que tenemos. Porque no vamos a negar que muchos argentinos viven en el primer mundo. Nuevas construcciones, nuevas casas en todo el gran Buenos Aires que se ha expandido de una forma impresionante, nueva infraestructura, acceso al internet vía alta velocidad, autos cero kilómetros inundando las carreteras, nuevos medios de transporte más rápidos y más cómodos, grandes números de inmigrantes que llegan a la metrópolis, son síntomas de una ciudad que crece. Pero claro que sí, también la pobreza, también el desempleo y el trabajo mal pago, la brecha enorme entre los ciudadanos, entre ciudadanos en la misma ciudad, el mismo barrio, la misma calle, la misma familia. Habría que escribir un nuevo "Cambalache", que lea en algún pasaje: ¡Bienvenidos al primer mundo neoliveral! Y sí, lamentablemente bienvenidos a la realidad de lugares como la Bahía de San Francisco, en donde Berkeley con su universidad y sus mansiones se toca en cuadras con West Oakland, y sus noches infectadas de pandillas, casas pobres atornilladas con rejas, prostitutas, minorías oprimidas, bienvenidos al primer mundo con sus contradicciones que no llega con su amplia realidad en alguna serie de las tantas y tantas que inundan nuestras pantallas chicas.

En algunos momentos uno piensa que necesitamos construir un imaginario del primer mundo en el cual todos nuestras ilusiones de lo que deberá ser éste, se tiene que plasmar en lo real, en algún lugar concreto del planeta. Sino sería una utopía, o algo que flota en la imaginación. Hay que construir imaginariamente lo que nosotros creemos que es Estados Unidos o Europa. Lo construimos con lo que nos cuentan o lo que creemos que nos cuentan. ¿Qué será el primer mundo? ¿Será McDonalds el primer mundo? ¡Y sí! Así no los muestran las películas que con la traducción de las ideas y de la imagen terminan siendo algo tan lejano de lo real. Será en la Argentina McDonalds el primer mundo, con sus cadetes en saco y corbata comiendo en el micro centro. Pero por ejemplo McDonalds es en USA un espacio de hasta asistencia social, donde cualquiera puede comer algo por dos dólares, algo que no sabemos bien que contiene entre los dos panes, pero sabemos que es digerible. Terminantemente seguro: McDonalds no es ningún imaginario de primer mundo en los Estados Unidos.

Y así flotan las imágenes y las realidades, mezcla constante de cosas que nos permiten afirmar algo y contradecirlo en la misma frase. Creemos que sabemos lo que imaginamos pero quizás empujamos nuestra frustración a otra parte. Creemos en algo o por lo menos creemos creerlo. La imagen moderna, y más aún, los imaginarios modernos, contienen la afirmación y la negación en la misma premisa. Mientras que en el imperio, entro en un restaurante y la camarera con treinta y pico de aritos colgando de una oreja, su vestido todo negro, me ofrece en el menú una mezcla de tamales con comida china, comida china en pasta frita con huevos, comida del tercer mundo o quinto mundo de alguna parte también fruto de lo imaginado; una mezcla de ópera china y Stone Temple Pilots acompaña la velada. Todos los esquemas ultra agotados, la crema de la crema en lo más "chic" del imperio se reúne a hablar de lugares exóticos, imaginados también pero nunca visitados.



 

/ e-mail / berkeley, ca
/ visitas