Halloween y Carnaval
Por
Fabián Banga (08/09/03)
El
otoño comienza a regalarnos hojas resecas en estos pagos del norte;
alfombras de opacos comienzan a cubrir aceras y patios, prediciendo
el invierno seco del pacífico. Distinto invierno al nuestro, pampeano,
con sus constantes garúas grises. Aquí el invierno es opaco; más bien,
rojizo opaco. Por otro lado, el invierno nuestro está cargado de la
rigurosidad de relatos de Rodolfo Walsh, es impregnate y saturante,
agudo, de esquina en lo transversal de la pared, católico. El invierno
aquí es un invierno de Edgar Allan Poe, plano y ventoso, somnoliento
a la siesta, con cuervos y bosques, puritano. Es por esta razón que
aquí hay Halloween antes de los fríos, y en Argentina hay Carnaval
antes de las lluvias. Halloween está muy cerca de "hallow", que está
muy cerca de "sacro". En cambio nuestro Carnaval al otro lado del
planeta y al otro lado del calendario está más cerca de la "carne".
En el Sur, agua y cuerpos mojados en los últimos días cálidos del
año; en el Norte, niños saliendo a buscar chocolates disfrazados de
fantasmas.
Fantasmas
y caretas en los dos casos preservan una diversidad enriquecedora
y multicolor que hoy en día se nos ofrece a gusto y placer personal
en los cientos de canales que se esconden en el control remoto de
los televisores cosmopolitas. Y para justificar y sustentar esta idea,
se manda a alguno de los nuestros a tierras de los otros. Para que
no quede duda que lo lejano es real. Se puede mandar a un equipo de
fútbol, a un jugador de tenis o a soldados para que plasmen nuestra
presencia en territorio foráneo. ¿Pero hasta qué punto esta coincidencia
física, plantea una coincidencia de entendimiento? ¿Hasta qué punto
que un corresponsal nuestro viaje a un país desconocido y nos traiga
alguna imagen, implica que nosotros desde nuestra biósfera cultural
podamos entender ese trofeo mediático? ¿Cómo le explicamos a un extranjero
lo que es un biscochito?
Un
estudiante me llegó los otros días a la clase con un termo y un mate
debajo del brazo. Estaba tomando tererés seguramente sin saberlo.
Me preguntaba si aquel joven californiano de 20 años y que habrá visitado
Sudamérica tan sólo algunos días, podrá entender lo que es la idea
del Chaco paraguayo, una vinchuca o el Río Paraná ¿Por qué lo traería
al mate? ¿Qué produciría internamente al sentir ese inconfundible
gusto amargo y frío? ¿Qué será para él un mate lavado? Pero validamente,
sin ningún perjuicio de exclusividad de objeto y cultura.
Estas
preguntas son aún más validadas hoy en día por el tema de la ilusión
de globalización. El problema es habernos encontrado unos a otros
en un mundo donde las distancias se han acortado y los beneficios
se han alejado. Washington ha salido a buscar el mundo y lamentablemente
lo ha encontrado. Llevó su Halloween a todas partes y resulta que
ahora el resto del planeta no solamente no lo entiende sino que no
le gusta. Se esperaba que las naciones del mundo reciban los confites
a manos abiertas en lo alto, y el mundo devuelve escupitajos. En esta
confusión, el imperio está agazapado, desorientado y buscando
en sus cosas cotidianas validaciones patrióticas que confirmen que
éste es el mejor lugar en el mundo. Peor escenario no se podría esperar.
Irak es un epicentro que se esperaba que aporte democracia a la región
árabe, pero el resultado se prevé absolutamente contrario. Mientras
soldados norteamericanos tratan de ordenar las calles y carreteras
de Irak con frases en ingles que nadie entiende, la lista de muertos
continúa creciendo. Confusión y contradicción son cosas que turban
al imperio. Lo distorsiona, lo amaza en su propio caldo. Hasta los
Estados Unidos necesita validación externa.
La
creación de un lazo entre culturas requiere años, tirar abajo esos
lazos requiere minutos. Rodeando los escombros queda el desorden,
y el imperio da manotazos hacia todas partes arrastrándonos a todos
en un torbellino en el cual circulan pedazos de hamburguesas y banderas
estrelladas. Mientras todo el mundo ve al caudillaje altanero llegando
en enormes 4x4, algunos en las entrañas del monstruo se agrupan y
practican democracia. Todo esto en el corazón del imperio, y al mismo
tiempo reproducido y distorsionado en cada rincón del planeta. Mescal
de imágenes en sicodélica presentación. El centro se encima en sus
propias creencias de lo que se es y las periferias se multiplican
en misceláneos mundos. Y en los bordes de la imagen, Jimi Hendrix
retorna en bicicleta cantando Voodoo Child exorcizando
arrogancias