La
nave de fibra
Por Fabián Banga (15-06-03)
Cuando
a fines de los ochentas el internet comenzaba a tomar forma, más
de uno imaginaba que no estaba lejos el día en que todo el
planeta, intercableado con autopistas de información, diera
paso a un renacimiento cultural universal en el que desde los más
remotos confines del planeta se forjara un tipo de conciencia y
discurso integral que cambiaría el planeta de una forma inimaginable.
Grupos de pioneros comenzaban a poblar el ciberespacio intercambiando
todo tipo de información en diferentes grupos, en aquellas
pantallas superlentas que con un fondo negro y letras de terminal
prehistórica propagaban desde plataformas en Unix mensajes
en diferentes idiomas y desde lugares remotos.
Recuerdo
aquellos tiempos cuando desde algunas universidades de los Estados
Unidos, un grupo de argentinos comenzaba a interconectarse intercambiando
los resultados de los partidos de fútbol, las recetas del
dulce de leche y como hacer uno mismo las tapas de empanadas. Eran
tiempos de viajar en auto por dos horas para comprar un par de kilos
de yerba mate que, pese a sus meses de antigüedad, era para
nosotros una especie de néctar celeste que con su sabor amargo
nos traía recuerdos de nuestro lejano sur. Más adelante
comenzaron a leerse mensajes de otros argentinos en Europa, Australia,
Canadá, y finalmente, a mediados de los noventas, algunos
que se conectaban desde nuestro territorio nacional. Luego el internet
gráfico trajo la democracia y la red se convirtió
lentamente en lo que es hoy, un lugar accesible que no requiere
entender lo que es pine, talk o cualquier enunciado esotérico
tipiado en una pantalla sin mouse.
Sin
darnos cuenta, desde el principio de universo ciberespacial, se
forjó una ley fundamental que se aplica indiscutiblemente
hoy en día a la realidad de la globalización mediática
e informática. Esta regla parte de un "aislamiento global"
de diferentes culturas que ven lo que está pasando en el
planeta desde su propia perspectiva, desde su propia lengua y, por
sobre todo, desde su propia cultura. De alguna forma con la entrada
de los individuos al ciberespacio, entró el aislamiento individual
de pretender subjetivamente que la de uno es la perspectiva correcta.
En
aquellos tiempos remotos, los aislados navegantes del net nos tirábamos
de cabeza al despoblado ciberocéano a intercambiar recetas
de comidas regionales y enterarnos como estaba en la tabla nuestro
equipo favorito de la B; no a preguntar en cantones como se veía
el mundo en el norte de Asia. No hay que interpretar absolutismos,
no quita esto que otros tipos de intercambios ocurrieran; pero la
base de la lengua y la cultura fueron siempre obstáculos
poderosos a la hora de interconectarnos. Si bien el internet es
una inmensidad de información, la personalización
que los individuos le damos a la navegación, ya sea por voluntad
o por limitaciones personales, es siempre un obstáculo difícil
de saltar.
Este
tipo de asilamiento, como en el internet, se plasma también
en la televisión y prensa contemporánea. Salvo algunas
salvedades, la transmisión de la guerra en Irak por las cadenas
de comunicación norteamericanas dieron ejemplos de esta innata
conciencia imperialista que existe en toda cultura. La indisoluble
asociación: América = Democracia en mayúsculas
tan arraigada en la conciencia colectiva de los Estados Unidos,
llevó a reinterpretar la idea de "invasión"
por "liberación", generando que las cámaras
transmitieran imágenes previamente digeridas, que eran predecibles
para los espectadores estadounidenses. Es que nadie quiere ver algo
que es amargo y apesadumbrado, algo impredecible y que desarticule
nuestra noción de la realidad. La regla a sido siempre que
lo dulce vende más, y de vender se trata en este campo.
Para
el caso de la prensa argentina, tomemos el ejemplo de Ginóbili
y la final de la NBA. La atención que le han dedicado los
diarios argentinos es desmedida. Nadie duda que la carrera de Ginóbili
es admirable y el muchacho tiene mucho que ofrecerle al mundo del
básquetbol, pero la importancia que se le está dando
en la prensa argentina es tan exagerada como casi inexistente en
la prensa local norteamericana. Uno pensaría leyendo los
diarios argentinos que todo el mundo aquí en los Estados
Unidos está poniendo sus ojos sobre el talentoso jugador.
El Clarín recitaba hoy domingo por la noche en el internet
"San Antonio logró un titulo con acento argentino"...
quizás no tanto. No solamente no se le da tal exagerada atención
en los programas dedicados al análisis de los partidos de
la NBA, sino que muy poco es nombrado en los mismos partidos; y
menos aún asociado con algún tipo de básquetbol
argentino. Era lindo verlo con la bandera argentina al cuello, pero
el detalle paso absolutamente desapercibido entre los relatores
de ABC.
¿Pero
cuál sería la razón de exagerar tanto la presencia
de Ginóbili en la NBA? Quizás proyecta algo muy nuestro
en un espacio tan comprimido por la comúnmente asfixiante
y universalizada cultura americana. En una especia de sometimiento
frente a una monotemática percepción del mundo enfatizada
y promovida incluso por nuestros propios medios de comunicación.
O quizás, una respuesta desesperada desde los confines del
mundo, de tratar de convencernos que nosotros también existimos,
no desde una afirmación en la mirada hacia lo local, sino
en un intento de conquista de la imagen televisiva, por medio de
elementos que representan lo muy nuestro. Como en los primeros mensajes
de las primeras comunidades localistas en el internet, intercambiando
no precisamente universalismo, sino elementos idiosincrásicos
de esta comunidad. Metafóricamente, sería una conquista
del universo con plataforma local, una "nave de fibra, hecha
en Haedo", como en el caso del Capitán Beto del flaco
Spinetta, remarcando nuestra propia soledad en un universo intercomunicado.