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El espacio de lo no dicho
Por Fabián Banga

Hay textos que cuando uno los lee, dejan un impacto que trasciende el tiempo de cuando fueron leídos. En mi caso, esto se da con el trabajo de Wolfgang Iser, "El proceso de lectura: Enfoque fenomenológico." Propone Iser que el trabajo literario tiene dos polos: uno artístico y el otro estético. El primero consistirá del texto creado por el escritor, el segundo la realización creada por el lector. Todo esto, no sólo afirmando la subjetividad en la lectura, sino proponiéndola como un elemento esencial en el trabajo literario. Iser mostrará la posibilidad de un texto independiente del lector. Estas ideas de Iser marcan la imposibilidad de encontrar una correspondencia o punto de objetividad fuera del trabajo literario. La convergencia entre texto y lector hará posible la existencia del texto literario, existencia que nunca puede ser enmarcada en una área determinada, debido a la cantidad de posibilidades.

Iser dirá también que cuando estamos leyendo un texto proponemos como lectores una idea de continuidad, compuesta de un pasado y un futuro, una coherencia que nos da la posibilidad de entender una historia. Estos componentes no serán la suma total del trabajo sino eslabones del mismo, no siempre completarán todos los elementos que requerirá este encadenamiento de ideas, dejando en muchas oportunidades espacios inconclusos que por la necesidad de continuidad, el lector llenará con sus propias ideas. Esta "parte no escrita en el texto" que el lector completará con sus propios pensamientos, según Iser, será muy importante en la producción del efecto de realidad, efecto que será como un espejo reflejando al mismo lector.

Este tema de lo no dicho en un texto, en su momento me fascinó. Emergía en el trabajo de Iser la realidad de todo aquello que al decir, no decimos, y que está presente en una escritura, un texto, un articulo periodístico. Esto "no dicho" se expande más allá del texto literario e invade todos los campos de interacción social, discursos y actuaciones. Tomemos por ejemplo a una persona que está parada en un supermercado, de repente saca su teléfono celular y se pone a hablar con alguien. Se ríe, hace gestos de sorpresa, habla fuerte. Este sujeto caminando en el supermercado produce un discurso que todos leemos. El discurso evidente dice: estoy en un supermercado y al mismo tiempo estoy hablando con alguien. Pero hay otros discursos también flotando en el aire: soy popular, tengo amigos, no estoy solo, tengo poder. El decir no estoy solo en el medio de la ciudad, flota en la antesala de la persona comprando en el supermercado con su teléfono en la mano. Es necesario el "performance", la actuación, para que esto tenga algún efecto. De nada serviría que esta misma persona esté a los gritos en el medio del supermercado con un recibo de sueldo en la mano o mostrando las escrituras de las tres o cuatro casas que puede llegar a tener. No funcionaría, es necesario decir mostrando que no queremos decir nada.

Dentro del espacio de la actuación, puede pasar que el efecto produzca un marco absolutamente distinto. Un político con la camisa arremangada gritando: "voy a acabar con la corrupción y con la pobreza..." puede producir otros discursos: "éste cuando esté en el gobierno robará como todos..." Origen hoy en día de la crisis de la política, del descreer no por lo que se dice sino por lo que no se dice. Todo este acto de decir no diciendo se expande de una forma muy dura en el campo social y económico. Lo que se diga no diciendo afecta al mercado, la realidad nacional, la política; de la misma forma ocurre en el campo individual. No creemos por todos estos espacios y discursos implícitos construidos en la consciencia colectiva. Se vio esto muy fuerte con la gran ola de los "dotcomies" y los nuevos ricos del internet. Creíamos que mostrando un buen website podíamos construir la empresa. La ola pasó, y nos quedó la destrucción de cientos de horas perdidas, desilusión. Finalmente detrás de la mampara tenía que haber un contenido fuerte, lo único real. Así se presenta el horizonte hoy en día, aquellos que tenían un contenido están más robustos que nunca y los que creyeron en la mampara se encuentran en el desesperado océano de la desolación e irreversible extinción.

De la misma forma que Iser proponía que el productor y el receptor de un discurso no son dueños del resultado, hoy nos encontramos con el problema de que los discursos ideológicos en el campo social y económico, se vuelven irreversiblemente pesimistas. Aunque intentemos creer en la política, muchos ya no creemos en ella pese a que sabemos que es el único camino posible. Seguramente habrá productores del discurso político que fielmente crean en lo que dicen, pero este otro espacio de lo no dicho, se produce creando un bagaje de pesadez y agobio que descalifica al primero. Es demoledor por otro lado este contexto, como si el que gritara con el teléfono celular, tratara de hacernos creer algo que por más que sea verdad, ya no es creíble.



 

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