No War!
Por Fabián Banga (2/28/03)
El día amaneció encapotado
como era predecible después de la tormenta del sábado.
Viento, frío y lluvia son sinónimos a días en
el mes de febrero en la bahía de San Francisco. El sábado
por la noche había llovido a más no poder mientras los
dragones voladores a fuerza de danza y fuegos artificiales, espantaban
los malos espíritus en la celebración del año
nuevo chino en el China Town de San Francisco. Por esta razón,
mientras que en todas partes del mundo se manifestaba contra la guerra
el sábado, aquí en San Francisco se manifestó
el domingo; para no molestar al desfile del año nuevo chino,
que es parte ya de la idiosincrasia local.
El ir a la marcha con los estudiantes
de la universidad a las 9 de la mañana o ir en tren con mi
mujer a las 12 del mediodía fue el primer dilema a resolver.
Los años, la modorra burguesa imperdonable y la costumbre de
dormir hasta las 10 de la mañana los domingos, terminaron por
resolver el conflicto. A las 11 de la mañana ya iban como 30
mates y tres articuloss del diario terminados. Mi mujer que
me pregunta que ropa tendríamos que llevar. Los años
de dormir en el bosque, salir de pintada y movilización constante
parecieran haber quedado tan atrás para los dos. Hoy en día
la revuelta pasa por escribir articuloss citando a Mignolo,
Jameson o Dussel. La música continuará siendo más
o menos la misma, pero ya no cantada tirados en el verde, sino alternada
con Bach y recostados en asiento del auto de retorno a casa. Hasta
la consigna "el pueblo unido jamas será vencido"
que se escuchará en español en plena calle de San Francisco
pareciera ya un eco de tiempos inmemoriales. Hasta Ernesto con su
estrella en la gorra pareciera un poco más burgués,
incluso Evita se ha vuelto "chic" en estos pagos
y tiempos neoliberales.
Ya a las 11:30 y manejando por la carretera
la disyuntiva era a qué estación de tren ir. ¿Habrá
estacionamiento? ¿Saldrá mucha gente? ¿Cuánto habrá
que esperar para comprar el boleto? Nos decidimos por la estación
más cercana y si bien no había ya lugar en el estacionamiento,
un lugarcito preciado en la calle nos permitió dejar el auto
a media cuadra de la estación. No había tanta gente
en la fila para sacar boleto y el andén estaba más bien
desierto. No llovía en lo más mínimo y el solcito
campeón de invierno nos calentaba las mejillas entretapadas
por los echarpes. Un tren se había ido hacía tan sólo
2 minutos, y una nueva tanda de gente volvía a llenar el andén.
Gente de todo tipo, razas y edades. Gente con chicos y gente con los
abuelos, gente con perros y gente con carteles. Perros con carteles
pegados a improvisados chalecos para perros. Gente de la más
común, gente del barrio y del trabajo. Tan común que
uno no sabía si iban a San Francisco a la marcha o iban a San
Francisco como la gente que va a Berkeley, Mataderos, París
o a Lomas de Zamora. El tren no iba muy lleno y con mi mujer nos preguntábamos
por el éxito de la marcha. Ella proponía que ya íbamos
tarde, que quizás la gente ya habría ido. Al llegar
a la estación de Embarcadero, la primera estación
de San Francisco, nos encontró saliendo con el 50% de la gente
que iba en el tren. Mucha gente, pero no tanta gente.
El ruido del tren subterráneo
se mezclaba con el bochinche de la gente que trataba de salir. Entre
leves empujones se podía llegar a la estrecha entrada que te
subía al primer piso. Luego de la odisea de pasar la tarjetita
de papel por el molinete uno encaraba para las segundas escaleras
mecánicas que te llevaban a la superficie. El ruido de la marcha
en la calle nos llegaba como un coro tibio que había quedado
en el pasado de los tiempos y ahora se te presentaba como un calorcito
esperanzador.
La escalera mecánica nos subía
a la superficie mientras que de afuera el sonido de los bombos y platillos,
los chiflidos de la gente y las consignas nos recibían como
si hubiéramos llegado a un lugar muy parecido al cielo. Casi
me pongo a llorar cuando vi tanta gente con carteles, con consignas,
con fotos de Bush caricaturizadas como si fuera Hitler. La multitud
marchaba por Market hacia Civic Center como estaba previsto. Había
banderas de los Estados Unidos, de Israel, de Palestina. Había
banderas de la Tierra y otras con el símbolo de la Paz. Había
gente disfrazada con la cara de Bush chorreando un líquido
negro (como si fuera petróleo) de la boca y la nariz. Algunas
banderas de los Estados Unidos tenían en lugar de las estrellas
un símbolo nazi. Carteles enormes y algunos de ellos, dignas
obras de arte, tenían citas como: "no en mi nombre",
"Bush terrorista", "no a la guerra en Irak", "veteranos
de guerra por la paz", "la paz es también patriótica",
"Judíos y Árabes por la paz". Había
un chico caminando con una cámara digital conectada a una laptop
que otro llevaba, conectada ésta a una batería de auto,
que a su vez era llevada por un tercero; filmando lo que estaba pasando
y saliendo online en vivo en algún website. Había orquestas,
murgas, gente con muñecos excelentes, pájaros de papel,
carteles escritos a mano sobre cartones, que se había encontrados
seguramente en alguna esquina. Una pancarta enorme tenía la
foto de Bush en un costado y en el otro una de Hitler. Recitaba la
pancarta: "si no recordamos la historia, corremos el peligro
de repetirla." Había ancianos con sus quizás nietos
de la mano caminando por el medio de la calle, familias enteras, chicos
en edad de estar en el secundario, hombres con sus hijos al hombro
para que pudieran ver y estos niños con banderitas de los Estados
Unidos. Había gente en sillas de ruedas. Había gente
blanca, negra, asiática, latina, árabe. Se escuchaban
consignas en todos los idiomas. La televisión y la policía
decía que había 100 mil personas. La verdad que no sabría
decir si había menos o más. Luego de haber caminado
ya 7 cuadras, yo veía gente 7 cuadras para adelante y 7 cuadras
para atrás. Al llegar a una diagonal que encaraba a Civic Center,
ya no se podía caminar más. La masa de gente era sofocante.
Los carteles tenían fotos también: fotos de niños
desnutridos, niños atrofiados por el uso de armas de destrucción
masiva, mujeres palestinas llevadas de los pelos por el ejercito.
Había fotos que mostraban las caras de Bush y su equipo, todos
ellos con cintas adhesivas tapándoles la boca. Había
fotos de Martin Luther King y de Malcolm X y del Che. Fotos de niños
y más niños, también había; fotos de gente
de la que no tenía ni la menor idea de quiénes eran.
En una esquina, nos sorprendió
una bandera palestina que tenía por lo menos dos pisos de largo.
Estaba colgada de un tercer piso en lo que parecía ser la mutual
árabe en San Francisco. Desde una ventana, un niño árabe
flameaba un pañuelo palestino, como los que usa Arafat. La
gente se paraba a aplaudirlo. Un cartel recitaba "musulmanes,
judíos y cristianos: denle una oportunidad a la paz."
La gente lo aplaudía al niño, se paraban los miles y
miles de manifestantes para aplaudirlo. El niño sonreía
por los aplausos y flameaba el pañuelo más fuerte. Se
veía gigante el niño desde ahí abajo, desde el
humillante espacio del espectador. El pueblo americano de alguna forma
lo aplaudía. El mismo pueblo americano que en parte votó
a este líder que era repudiado a los gritos. Yo me sentía
un espectador de la multiplicidad de este país, de lo profundamente
complicado de este pueblo de los Estados Unidos. Sentía que
se estaba presenciando la historia de alguna manera. Sentía
que estaba presenciando algo que era indescriptible.
No
war!, la protesta en San Francisco en imágenes
Fotos: Mina Valenza