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La Mirada desde el Sur
Por Fabián Banga

La idea del primer mundo es algo que los Argentinos hemos sabido cosechar y amasar fervientemente en nuestro imaginario desde los comienzos de la nación. Desde la indudable evocación que tiene Buenos Aires a muchas ciudades europeas hasta el inconfundible "look" europeo que los porteños han querido emular desde los principios de siglo, llevan a una manifestación en el mundo físico de ese primer mundo que desde un comienzo ha sido evidentemente el norte a segir. Para los que crecimos en la generación de los 80's y supimos tener en nuestro repertorio musical a bandas como King Crimson, Yes o Genesis sabemos que en lo más íntimo de nosotros no queríamos serles infieles a las bandas nacionales como Spientta Jade o Seru Giran —con las cuales también sabíamos alinearnos— sino que de alguna forma les estabamos siendo aún más fieles, al ver en ellos la versión local de los que desde el norte se proponía.

Pero cuando uno viaja, y tiene la suerte y al mismo tiempo la desgracia, de partir de su tierra natal, llega a notar que nosotros, desde el sur, le estabamos siendo aún más fieles a este imaginario creado por nosotros que la fidelidad que le podía tener su propio creador. Más aún, llegábamos a crear frecuentemente imaginarios que poco tienen que ver con la realidad que nosotros creíamos emular. Esto hace que en muchos casos estos imaginarios funcionen aún mejor que en sus espacios de origen. Por otro lado, valdría ponerse énfasis en que este intento de aplicar utopías de primer mundo poco tiene que ver con ese intento híbrido y desafortunado que fue por ejemplo Puerto Madero. Esos restaurantes "selectos" que ofrecían platos como "fettuccini alfredo" o "cesar salad" —platos de lo más populares en cualquier restaurante cualunque y de baja categoría en estos pagos del norte eran el reflejo de la decadencia que estas quimeras implicaban. Era éste el intento de imitar una idea insípida e inconsistente sin siquiera buscar elementos que nos enriquecerían como nación. Algo similar pasa con los tristemente populares McDonalds que en los Estados Unidos son lo máximo y más bajo de la comida rápida, barata y decadente. Son estos espacios donde desafortunadamente una clase marginada puede acceder a una comida que enfatiza en el precio y no en la calidad. Por más ridículo que esto parezca, los McDonalds en la Argentina se convirtieron en la panacea de la clase media que enfrascada en la ilusión primer mundista de los 90's no veía venir el derrumbe colosal que se presentaba en el horizonte. Porque el primer mundo hace convivir en la calle a los Jaguars lustrados que llevan dentro a sus lujosos propietarios, con los homeless o linyeras hambrientos de las superpotencias. Porque la aplicación de un capitalismo salvaje como el que se vio en la Argentina, exige la institucionalización de fuertes mecanismos de asistencia social que requieren años y años de preparación y pese a todo este aparato social, en muchos casos no alcanza.

Pero quisiera proponer que no todo es depre en esta burda e híbrida imitación del primer mundo. También en paralelo con las vanguardias europeas, supimos producir a un Oliverio Girondo y a un Emilio Pettoruti, que no son perlas de la oligarquía intelectualoide, sino un tesoro de nuestro pasado. Y más allá de toda imitación nos queda Buenos Aires, que se defiende y justifica sola frente a cualquier metrópolis del mundo. El fútbol será de origen europeo, pero nosotros supimos transformarlo y hacerlo tan y únicamente nuestro. Hasta un Roberto Grau nos llegó a reinventar el ajedrez. Porque jugar al ajedrez en Buenos Aires es una experiencia única. Uno juega no sólo en el tablero, sino en la ciudad toda. No extraña después de todo que Miguel Najdorf haya llegado y se haya quedado en Buenos Aires. Porque no somos ni los mejores ni los peores. No es nuestra ciudad o nuestra nación un lugar paradisíaco, pero tampoco es el infierno. La ridiculez que se discutía hace meses atrás, de la disolución nacional, son productos de estas utopías o de grandeza suprema o descarte del más último. El segundo puesto es una derrota para nosotros, y lo más lamentable es que lo terminamos creyendo. Quizás se esté comenzando a notar un espacio intermedio de construcción en la Argentina, un espacio que nos permita entender que esos imaginarios primer mundistas no existen. Que no más hace falta viajar un poquito, tan sólo un poquito para ver nuestra grandeza como también nuestras debilidades. Asumir que hacer política es tener que convivir con la rapiña nuestra de cada día, imaginarla desaparecida es prácticamente una imposibilidad. Hay que entender que no hay país en el mundo donde la política no esté asociada con la corrupción. La pregunta es: ¿qué podemos hacer nosotros ahora y concretamente para sobrevivir a la carroña? ¿Cómo podemos desde la democracia comenzar a reconstruir el imaginario de nación? ¿Cómo hacer política sin los políticos? ¿Cómo reimaginarnos sin perder lo bueno de lo ya imaginado?


 

 

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