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El proyecto deshumanizante
- por Fabián Banga

El verdadero proyecto de todo cronista es relatar los eventos que se presentan con la mayor objetividad y distancia posible. No es el de ofrecer una interpretación de lo que se ve. Como diría Roger Rosenblatt en algún momento, la función del buen cronista es escribir lo que ve, y no lo que piensa de lo que ve.(1) Claro, suena mejor en inglés porque la palabra pensar "thought" y ver "saw" riman muy bien. En español no. Pero ese es y no es otro tema. El periodismo en la Argentina, en sus espacios relacionados con la crónica, muchas veces detrás de un camuflaje de objetividad poco respeta estas reglas en el castellano cotidiano. Incuestionablemente algo similar pasa en todas partes del mundo variando el grado de no-sutileza. Es decir, después de todo, somos y no somos una excepción. Que el diario La Nación titule un artículo "Kirchner criticó a los dirigentes del PJ que no lo respaldan" me pregunto es lo mismo que El Clarín titule "En campaña, Kirchner se reparte entre elogios a su gestión y ataques a Duhalde". En esas entrelíneas, en ese trabajo de bombardeo constante de los medios, tiene que haber un resultado a largo plazo. En mi opinión hay un descreimiento y una desconfianza que aproxima al periodismo, finalmente, más a la novela que a la crónica.

Pero en las distintas noticias uno puede encontrar muchos contextos y esos contextos requieren poner énfasis en la excepción, lo que desmantela cualquier premisa absolutista. Ayer, una noticia verdaderamente me hizo saber que lo que estaba leyendo, por su magnitud, trascendía todo análisis de objetividad: la muerte de los 24 chicos en Bagdad por una ataque suicida. Hay algo en ese informe que no permite análisis, trasciende en el horror y nos hace saber que lo que tenemos adelante no es entretenimiento, o información trivial. Si eso no ocurriera es que ya perdimos el contacto con la realidad y vivimos en un universo mediático auto sustentable. La muerte de un niño es un fenómeno inaccesible. Y niños mueren todos los días por situaciones similares en todas partes.

Tras eventos de agresión como ésos, tiene que haber implícitamente una deshumanización del otro, un alejamiento de la existencia del otro para ser remplazado por un significado carente de significante real. La deshumanización del otro es quizá uno de los problemas más alarmante de nuestros días. El otro tiene que ser un musulmán, un cristiano, un judío, un norteamericano, un palestino, otro, no una persona concreta que nada difiere a grandes rasgos con la gente que completa nuestro entorno familiar. De ser una persona no se podría cometer el barbarismo que estamos viendo desde todas partes hacía todas partes. ¿O se podría? Torturas en cárceles, expropiación de tierras, muertes masivas, ataques con contextos étnicos, empobrecimiento, arrogancia, corrupción, deshumanización. ¿De dónde sale todo eso? Acaso (y esa posibilidad me aterra) esa realidad, ese opuesto a la maternidad, existe en cada uno de nosotros y está ahí, dormido y latente. Porque la pregunta es, ¿o deshumanizamos o simplemente esa ominosidad, eso innombrable es parte de lo que somos?

Finalmente, todo vuelve a la relación significado significante, la relación entre opuestos de una ecuación, opuestos interrelacionados. Porque lo verdaderamente trágico es que dudemos entre el previo contrato que hay entre esos dos opuesto, lo que se representa y lo que esencialmente es. ¿Cuánta distancia hay entre esos lugares lejanos donde tragedias pasan, y el lugar desde donde leo, veo, escucho? ¿Cuánto hay entre la representación de la guerra, y la guerra? ¿Dónde está la esencia de lo que se representa en el espacio mediático? ¿Cuánto hay de lo que somos, en lo que creemos que somos?


Nota:
(1) ESSAY: HOW IT'S DONE: http://www.pbs.org/newshour/essays/july-dec05/rosenblatt_7-14.html

 



 

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