Las
muertes causadas por las batallas de los credos
-vidas perdidas en guerras religiosas, en el cadalso, en la
arena o mediante asesinatos- no produjeron libertad alguna.
Además de la perdida de vidas a través de guerras
y persecuciones religiosas, millones y millones sufrieron torturas
infernales porque se les dijo, y se les indujo a creer, que
estaban condenados.
Los
misterios de Osiris o la iniciación del antiguo Egipto.
Buenos Aires: Editorial Kier, 1976.
Así
comienza un viejo y ya olvidado libro Rosa-Cruz escrito por
Swinburne Clymer en 1951. El libro aborda una premisa que desarticula
el automático rechazo a la guerra. Clymer señala
que si bien la muerte y la destrucción están asociadas
inmediatamente con la guerra, un análisis más
contextual nos muestra que las guerras en muchos casos son herramientas
de liberación de los pueblos y que la entrega de la vida
por una causa justa es en muchos casos un acto positivo en un
mundo imperfecto. Por otro lado, la lucha de los credos, como
el párrafo citado claramente indica, no tiene ninguna
razón coherente de ser, ya que es una lucha por un propósito
mezquino y terrible.
Pese al
olvido y edición prácticamente desconocida del
libro de Clymer, hay que reconocer que sus ideas no podrían
ser más útiles y actuales. Es innegable que la
espiritualidad es un componente tan importante en la vida del
hombre. Pero hoy en día el fundamentalismo dogmático
que están sufriendo muchas sociedades lo único
que hace es eclipsar en muchos casos la función primaria
de la religión, que tendría que ser la de ofrecer
una conexión personal con lo trascendente. Es fundamental
en tal contexto subrayar el término personal, ya que
éste supone un espacio de libertad y decisión
personal. La espiritualidad tiene que nacer en el marco de esta
libertada, de lo contrario se está frente a un fenómeno
artificial y coercitivo. La universalización e imposición
de una idea exclusiva plantea un proyecto opresivo y mezquino
que poco tiene que ver con la espiritualidad.
Lamentablemente,
hoy el mundo atraviesa tiempos de profunda oscuridad espiritual,
encontrándose ejemplos de fanatismos religiosos que producen
alarmantes focos de dolor y desesperanza. El choque entre oriente
y occidente, ha producido espacios de sectarismo que no son
exclusivos del medio oriente, o del mundo musulmán, sino
que se están haciendo presente en los llamados territorios
primer mundistas. Estados Unidos está mostrando corrientes
de políticas intolerantes, que buscan imponer el interés
de una minoría a menoscabo de la opinión democrática
de todos los integrantes de la sociedad. El conflicto genera
un proyecto no solamente hacia fuera del país, como es
ya evidente en sus políticas internacionales, sino hacia
su propia población y mecanismos sociales. El intento
de inclusión de teorías creacionsitas en las clases
de ciencia y el intento de imposición de ideas de carácter
cristiano-conservadoras, son algunos de los ejemplos presentes
en esta sociedad. Muchos conservadores están intentando
incluir inclusive temas bíblicos en el currículo
educativo en las escuelas públicas generando el rechazo
generalizado no solamente de la comunidad educativa, sino la
preocupación de la población en discrepancia con
esta visión cosmogónica del universo. La separación
evidente entre religión y ciencia, debate que tendría
que haberse superado hace ya siglos, está tomando un
auge inesperado en el coloso del norte.
Este estado
de alarmante desunión nos tiene que plantear un debate
inevitable que nos ayude a entender hasta que punto la tolerancia
religiosa es necesaria en la sociedad moderna. Esta tolerancia
tiene que surgir desde la exclusión del dogma y de las
teorías religiosas en el espacio público. Es necesario
evitar la imposición de valores personales en la sociedad
en general. Lo ofensivo de enseñar por ejemplo teoría
creacionista cristiana en la escuela pública, nace en
el hecho de que no se puede oficializar o canonizar un punto
de vista religioso que ofenda a integrantes de la sociedad que
no sean cristianos, por más minoritario que este grupo
sea. La imposición de los valores personales, presente
por ejemplo en la oposición del matrimonio entre homosexuales
es otro ejemplo que nace desde valores netamente personales
y no pueden ser impuestos a la sociedad toda.
El gran
debate del siglo XXI no es como se pensaba en la conquista del
espacio, o en las nuevas tecnologías, sino en la intimidad
del espíritu humano. La necesidad de trascender nuestra
propia moral o creencia personal para enfatizar en la hermandad
humana, paciera ser una prioridad. El tiempo dirá.