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De Rwanda a Irak
- por Fabián Banga

Se cumple esta semana, diez años del comienzo de la masacre de Rwanda. Poco se mencionó la fecha en los diarios argentinos. 800.000 Tutsis fueron aniquilados sistemáticamente frente a la ceguera del mundo que en su mayoría prefirió dar vuelta la cara al problema. Estados Unidos tiene también mucho de mea culpa que ofrecer al mundo. El mismo presidente Bill Clinton visitó Rwanda y públicamente admitió que con un pequeño contingente de soldados hubiera podido disminuir enormemente el número de muertos. Muchos de ellos muertos a filo de machete; las historias contadas son de una vileza y atrocidad inimaginable. Muchos de estos incidentes ocurrieron hasta en iglesias, como la de Ntarama, donde los cuerpos fueron encontrados apilados y esparcidos por todas partes. Historias como el asesinato de hijos frente a sus padres, el magnicidio de bebes golpeados contra los bordes de las paredes, sobrevivientes mutilados, son algunos de los horrores a los que puede llegar a descender el género humano. Y no hay que olvidar o ignorar estos tristes acontecimientos. Es evidente que estas atrocidades están latentes en cada uno de nosotros y en nuestras sociedades. La Argentina tiene mucho para ejemplificar en este campo. Tanto en el pasado como en el presente. Casi ninguna región del mundo se salva de esta oscura faceta de la humanidad.

Hoy miércoles, el New York Times, ofreció un artículo sobre el incremento de la fe musulmana en Rwanda y el alejamiento de muchos del catolicismo. ("Since '94 Horror, Rwandans Turn Toward Islam", New York Tomes, April 7, 2004) La multiplicación de mezquitas, aproximadamente 500 actualmente, responde a la migración religiosa de muchos rwandeses motivados por la falta de solidaridad entre cristianos en contraposición con la unidad musulmana. Y esto ofrece una perspectiva que habría que tener en cuenta. Si el siglo XX fue escenario de la lucha entre naciones (y sobre todo de razas), el siglo XIX pareciera enmarcar esta lucha en el campo de las religiones. Enmarcar la pertinencia, dentro de un ideal o un credo, es de alguna forma un intento de encontrarnos a nosotros mismos en un espacio de imaginarios, no en un contexto inmediato. Es de alguna forma empujar la pelota hacia una distancia lo suficientemente cómoda, para así no encontrar las diferencias que puede haber entre miembros de un mismo grupo. Es decir, no encontrar la desconexión. Esta ruptura con lo inmediato, esta justificación religiosa, pareciera tener mucho de antigua, y no se por qué intuyo que es absolutamente moderna. Uno de los principios de la sociedad moderna es su aislamiento, y la religión encaja perfectamente dentro de estas coordenadas. Dios es lo suficientemente inaccesible, lo suficientemente distante que puede ser un espacio fácilmente de llenar con ideas absolutamente personales. De alguna forma también, cuando un acontecimiento es insoportable, esta idea de Dios, inaccesible, viene a cumplir su papel y su función. Hoy Irak está dividida y mutilada. Y el ideal de futuro, pareciera ser que para muchos locales, pasa por el ideal religioso. El enemigo es concreto, palpable y hasta reconocible. Pero, el futuro no. Como literalmente es, inexistencia pura.

 



 

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