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Aquí venimos para respirarlo.
Por Fabián Banga (03/21/03)

La semana comenzó en estas comarcas ya bien turbulenta, más allá del estruendo bélico que teníamos como telón de fondo. El sábado 15 encontró a una somera multitud marchando en San Francisco la cual con sus 70 mil manifestantes apenas llegaba a un tercio de los 200 mil que convulsionaron la ciudad hace solamente algunas semanas. El desgano de lo inevitable quizás detuvo a más de uno. El fin de semana fue abúlico en general y con la tensión depresiva característica de los momentos anteriores a la tormenta, que cuando llegó no sorprendió a nadie.

El lunes fue otra cuestión. En lo personal, nos encontró marchando con cientos y cientos de personas llevadas en docenas de micros hasta Sacramento, la capital del estado de California. La protesta, claramente antipartidista, fue por los descomunales cortes a la educación publica que se presentaron repentinamente a principios de año, mutilando montones de programas. Estos cortes afecta a un sistema universitario público que cuenta con tres millones de estudiantes, mayoritariamente pertenecientes a la clase trabajadora. Porque este país no es una excepción al resto del mundo para cuando pagar los platos rotos se trata. Como en todas partes, los caprichos del mercado, la deficiencia del sistema y la guerra, la paga la clase trabajadora.

El martes y principio del miércoles fueron atípicos. Lo inevitable de la guerra produjo un desgano general. Se vio muy poca gente en las calles, aulas con un gran porcentaje de ausencia, poca gente en los negocios. La televisión ya preveía que en cualquier momento se producía el ataque y toma de Irak. Actos de desobediencia civil se vieron en algunas partes de la ciudad. Muchos de ellos encarados por jóvenes estudiantes, algunos de ellos de escuelas secundarias. Ciertos jóvenes fueron arrestados para ser liberados casi inmediatamente después. El miércoles por la noche cambió el aire drásticamente. Una de las últimas tormentas del invierno cubrió la ciudad de un frío húmedo que no contrastaba en lo más mínimo con el ánimo general. A las 21 horas del miércoles, la salida de la universidad nos encontró con algunas protestas aisladas en el centro de Berkeley. Al llegar a casa por la televisión se veían las manifestaciones en contra de la guerra en San Francisco alternados con los primeros fogonazos de la invasión. Se pudieron ver algunos arrestos, pero en si las demostraciones se presentaban aisladas.

El jueves fue otra historia. Ya desde muy temprano cientos de manifestantes en distintas partes de la ciudad se podían ver por la televisión cortando calles y autopistas. Jóvenes sentados en lugares de mucho tránsito peatonal paralizaron prácticamente la ciudad en sus arterias más importantes, por más que la policía lo desmintiera. Se intentó cortar el tránsito en los puentes que son los accesos principales a San Francisco. Muchas activistas desmontaron pequeños vendedores de periódico, que son cajas de metal de más o menos un metro de alto, y con estos como escudo cortaron el tráfico en varias calles. Cintas de embalaje también se usaban cruzándolas repetidamente de vereda a vereda en distintos puntos de la ciudad para detener el tráfico. El día terminó con 1500 arrestados que sobrepasaron las posibilidades de la policía. Era tanta la gente que se tenía que arrestar que la policía utilizó autobuses públicos para llevar a los detenidos. Todos los casos fueron de demostración pacífica. En la Universidad de California at Berkeley a las 12 del mediodía, cientos de estudiantes se manifestaron cortando entradas a edificios de la universidad. A las 4 de la tarde en la plaza central de la ciudad de Berkeley, cientos de personas comenzaron un acto que contaba con decenas de oradores. Entre ellos se encontraban: el mismo intendente de la ciudad, líderes religiosos y de organizaciones comunales. La manifestación terminó a las 6 de la tarde con una marcha por la avenida principal, que contaba con cuatro cuadras de gente con pancartas, velas encendidas y que recorrían una trayectoria de más o menos un kilómetro.

El viernes nos encuentra con la televisión nacional como si fuera un gran noticiero que ininterrumpidamente muestra las imágenes de la capital de Irak en llamas. En los canales locales se alterna con las protestas en San Francisco que se proclaman indefinidamente hasta que termine la guerra. Para el sábado se pronostican marchas similares en otras ciudades aledañas. Los periodistas con cámaras digitales transmiten en directo desde Irak, algunos de ellos agachados y mostrando las explosiones en la trastienda del horror narrado. Otros transmiten desde tanques viajando con el mismo ejército para mostrar al momento lo que está pasando. La descomunal diferencia entre la evolución tecnológica y la evolución piadosa es verdaderamente funesta. La Casa Blanca repite casi ininterrumpidamente que la guerra es contra el régimen y no contra el pueblo de Irak. Algunos periodistas preguntan al vocero de Washington si el presidente está viendo las imágenes de Baghdad en llamas. El presidente no mira televisión, se le responde, cosas más importantes que ésa tiene para hacer. Verán como ahora el tirano, repite un estribillo, usa sus armas de destrucción masiva, gases y chucherías algunas para intentar exterminar gente a más no poder. Así se comprobará que el imperio estaba en lo cierto, por más que los jóvenes soldados que van al frente pagarán los platos rotos. Como afirmaba esta semana Ben McGrath en el New Yorker: "Y nosotros los periodistas venimos también con la comitiva militar no solamente a presenciar cualquier asqueroso gas químico que fueran a tirarnos, sino que también venimos para respirarlo."



No war!, la protesta en San Francisco en imágenes
Fotos: Mina Valenza

 

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