y bueno somos argentinos
Por Fabián Banga (30/07/03)
Por lo que se lee en los diarios argentinos,
pareciera ser que la nación está saliendo lentamente
del poso a fuerza de energía "K". Una fuerza primaria que brota
de lo más nuestro y virgen, una fuerza patagónica. Un
líder más allá del bien y del mal se podría
decir. Porque más allá de todo, el origen de nuestros
líderes poco tienen que ver con el bien y con el mal. Las condiciones
y características del líder son un tema aparte para
nosotros. Un líder fuerte es lo que subconscientemente flota
como polo de deseo en el inconsciente de la nación. Uno duro,
macho, directo, paladín... uno más de los tantos en
la historia nacional. País de líderes se podría
llamar el nuestro. No es un país de polifonías y poliopiniones
que de última funcionarían como una especie de coro
democrático que vaya formando el horizonte del país.
Una democracia deliberativa la llamaría un amigo boliviano.
No tenemos tiempo para tales lujos. Lo nuestro es ahora mismo, en
cinco minutos es muy tarde. Nuestro país no funciona a largo
plazo, y quizás nunca vaya a funcionar de esta manera. El cuerpo
de la nación, es decir el pueblo argentino, siempre prefirió
encausarse detrás de líderes. Tal es el caso de San
Martín, de Rosas, de Perón, y porque no decirlo, hoy
de Kirchner. Salvando las diferencias, claro está. Porque la
pregunta no es si nos encausamos detrás del presidente por
las características que éste tenga, sino por cuanto
tiempo y con cuanta intensidad nos encausamos. Es decir, el énfasis
está en seguir al líder, y poco tiene que ver este impulso
primario con el líder. Por eso nuestros guiás pueden
pasar de un día al otro de su estado de conducción irrevocable,
a ser la mayor lacra que pueda haber existido en nuestro territorio.
Porque nuestra ligazón con el director es inmediata, adolescente,
a fuerza de instinto. Es por eso que a figuras que han intensificado
su rol directivo a la máxima posibilidad o se los odia o se
los adora. A mayor intensidad, mayor es la polarización. En
algunos casos tenemos suerte y nos terminamos amalgamando en más
de un polo. Porque lo peor que nos podría pasar a los argentinos
es que encontremos al líder perfecto, aquel que termine satisfaciendo
a todos.
País especial el nuestro, sin
duda. Un país de polos y de intensidades. Un país que
agobia si vivís adentro, y un país que expulsa si estas
afuera. Porque esa es otra de nuestras características, la
polaridad afuera y adentro. Lujo que nos ha costado tanto, porque
de lujos se trata el tema. Uno viaja por el mundo y encuentra argentinos
haciendo las más diversas y sofisticadas ocupaciones. En alguna
ciudad remota, no faltará algún físico, algún
médico o algún científico, que aislado absolutamente
de todo contexto nacional, se haya transplantado al más remoto
territorio y haya sido recibido con la mayor de las generosidades.
Y en ese brote, en ese logro lejano, existe el gusto amargo del éxito
imposiblemente trasplantable al territorio de origen. Porque la Argentina
rechaza a los audaces que se hayan mudado a otros territorios y, más
aún, han tenido la osadía de tener éxito. En
un momento lo leía a Vilas diciendo que en la Argentina nadie
le daba bola, que en USA era invitado a todas partes pero no en el
territorio. O las frases de Cortazar, diciendo que cuando volvió
a Buenos Aires en sus últimos años nadie lo invitaba
a nada, que se sentía solo. Es que la Argentina es un país
instintivamente exportador, no importador. Un país de mirada
hacia Europa, no hacia la pampa. No conozco a ningún escritor
cercano argentino que viva en el exterior y que edite en el país.
Pero sí un puñado de chilenos, peruanos y mexicanos
que lo hacen en sus territorios natales. Que retornan inevitablemente
a su tierra nativa para devolver lo que han recolectado; mientras
que simultáneamente su tierra los recibe. Pero nosotros no,
somos otra cosa, alma errante como el Martín Fierro, en la
negación está nuestra esencia. En lo más recóndito
de nosotros no somos de izquierda o de derecha; no somos de derecha
o no somos de izquierda es lo que somos. Una cantidad de empujones,
como en el colectivo, contra el otro y no en dirección de un
objetivo. Hacia el fondo empujando sin saber si es que hay lugar o
no hay lugar. Un impulso y una corazonada que en algunas raras oportunidades
nos sale bien. Como diría Cesar Fernández Moreno: "nuestras
cosas comienzan en una corazonada y terminan en un expediente". Abrimos
los títulos antes de mostrar los logros. Sin mirar tanto el
proyecto, sino la intensidad que el proyecto genera. Como aquel que
se titula pintor o artista, pero nunca pinta nada. Porque como habíamos
dicho, existimos en el primer momento del impulso. "y bueno esta es
una tierra así" diría el poeta. ... y sí,
somos argentinos. Así estamos amarrados a la camiseta de
la selección, haciéndonos llorar de amargura en el segundo
lugar, o eufóricos en el primero. Abrazados a una vaca nos
morimos, como comentaba Oliverio Girondo; como a una cruz voluntariamente
aceptada. En lo inevitable de nuestra misma esencia que nos persigue
a fuerza de puñaladas.